Amantes en un bungalow

Un verano, hace muchos veranos. Él acababa de cumplir 22 años, uno más que yo. Dábamos largos y sudorosos paseos en bicicleta, nos bañábamos en el mar y después regresábamos a una casita que recibía el pomposo nombre de bungalow.

Nunca encontré una explicación clara a sus arrebatos de mal humor, por lo demás muy ocasionales.

Me gustaba que me hablara antes de desnudarnos, o mientras nos desnudábamos. La primera caricia que sentía era la de su voz. Si permanecía en silencio, era yo la que propiciaba la conversación.

– Hoy pareces de mal humor.
– ¿De mal humor? Pues ya sabes lo que me ocurre cuando estoy de mal humor.
– No, ¿qué te ocurre?

Me ayuda a quitarme el sostén. Sus manos. Mis pechos. Su aliento, su olor. Su piel.

– Pues que todo el mundo me parece idiota.
– ¿El mundo te parece idiota?

Se ha desnudado también. Su espalda, sus hombros, su cuello. Su cabeza, su pelo. Todavía de pie, nos abrazamos. Mi vello púbico. Su miembro viril.

– El mundo no, la gente. Me fastidia la gente. No la soporto. No soporto a nadie.
– ¿A nadie?
– A nadie. Ni siquiera a ti.
– ¿Tampoco a mí?
– Tampoco a ti, no. Es diferente: ni siquiera a ti.

Las sábanas, su cabeza, la almohada. Su pelo. Su risa. Revuelvo su pelo ¿Nos amamos porque nos necesitamos, o nos necesitamos porque nos amamos? ¿Es importante saberlo? Su cara. Sus labios. Los beso. Su vientre. El mío. Nuestros cuerpos. Mi lengua. Su cuello, su oreja. Su miembro. Me acaricia, lo acaricio. Una y otra vez.

De pronto, se pone tenso y aparta mi mano. Vaya, parece que me he precipitado. Cuando esto pasa –pocas veces–, puede ocurrir que tenga el orgasmo mucho antes de tiempo, cuando aún no está dentro de mí. Habitualmente, logra controlarse después de unos minutos de tensión que yo soporto con impaciencia. Me separo un poco de él. En estos casos, sé que un poco de conversación ayuda.

– ¿Y cuando estás de buen humor?
– Cuando estoy de buen humor, ¿qué?
– ¿Qué te ocurre cuando estás de buen humor?

Está consiguiendo controlarse, lo sé. Se acerca. Me acerco. Ha pasado el peligro. Entonces, hoy será mejor que otras veces. Mejor que nunca. Nuestros cuerpos. Mi piel. Su boca, su sonrisa. Le beso. Su lengua. Mis rizos púbicos, mi clítoris. Sus labios, sus dedos, sus dientes. Mis pechos. Mis pezones.

– Cuando estoy de buen humor, me pasa todo lo contrario: todo el mundo me parece maravilloso.
– ¿El mundo?
– El mundo no, la gente. Me encanta la gente.

¿Es necesario que sigamos hablando? Mi vientre, el suyo. Mi clítoris, mi vagina. Sus manos. Su miembro. Mi boca. Lo quiero ya, lo necesito dentro de mí.

– ¿Así, en general?
– Así, en general. Todas las personas me parecen maravillosos.
– ¿Todas?
– Sí, todas. Incluso tú.
– ¿También yo?
– También tú, no. Incluso tú.

Está dentro de mí. Estamos el uno dentro del otro. Me muevo sobre él ¿Nos necesitamos? Nuestra avidez. El movimiento de nuestros cuerpos, los latidos del placer. Nuestro tormentoso afán por conocernos, por amarnos. El placer, el placer.

Después salíamos al porche del Bungalow y contemplábamos la noche. A lo lejos, el mar. Jugábamos –yo con más habilidad que él– a no estar enamorados. Bueno, matizaba él, a no estar tan enamorados –cuan absurdo–. Jugábamos.

Hoy he paseado por aquella playa, junto con algunos amigos –ex marido incluido, también él–. Aunque aprendíamos deprisa, bien poco sabíamos de la vida entonces. Éramos tan jóvenes. Sabíamos de la vida que a veces era maravillosa. Lo es.

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