Las primas o la parada de los monstruos

Las primas es una novela muy original y turbadora que ganó el Premio argentino de Nueva Novela Página/12 en el año 2007. La novela se presentó bajo el seudónimo de Beatriz Poltrinari pero detrás de él estaba Aurora Venturini con sus 85 años. Una activa peronista, que acababa de ganar un premio de Nueva Novela aunque llevase publicadas más de una treintena en editoriales pequeñas. Una mujer que había vivido en el Paris existencialista y compartido ratos con sus integrantes (Sartre, de Beauvoir, Camus, Greco). Aurora Venturini dice no sentir nada y no necesitar a nadie, como la protagonista de Las primas, pero principalmente a los hombres, a los que percibe como superfluos. Pero sí necesita sus viejas máquinas de escribir, sus letras. En una entrevista en la revista Radar, suplemento del periódico Página/12 que organizaba el concurso, Aurora Venturini dijo que este premio era muy importante para ella, ya que, según dijo: “Las primas soy yo”, recuperando la frase que se le atribuye a Flaubert sobre Madame Bovary –aunque parece que esto es una leyenda–. Y lo cierto es que cuesta mucho creerlo porque Las primas es una novela tan brutal que no puede (o no debería) ser otra cosa que producto de la imaginación.

En Las primas, la narradora nos cuenta la historia de su familia en la que quien más quien menos tiene una minusvalía. Empezando por ella, Yuna, que parece tener una especie de afasia que le impide expresarse adecuadamente. Por este problema con el lenguaje, hay párrafos enteros sin signos de puntuación, hay momentos en los que nos indica que ha usado el diccionario para encontrar las palabras: “…y así con otros aditamentos (diccionario) el asado estaría para chuparse los dedos y cuando dijo eso me recorrió una náusea (ídem)…” (pág. 103). Y momentos en los que tiene que dejar de escribir porque el esfuerzo la agota: “Descanso”.

Su hermana Betina está en mucho peor estado “…padecía un corcovo vertebral de espalda y sentada semejaba un bicho jorobado…” (pág.13) y como no podía moverse o comer por sí sola, “…le compraron una silla de almorzar que tenía una mesita adosada y en el asiento, un agujero para que defecara y pis.” (pág.19). Betina a ratos parece humana y presente, pero en general es una visión bastante lamentable: “Yo no quería comer en la mesa de Betina. Me asqueaba. Tomaba la sopa del plato, sin usar cuchara y tragaba los sólidos agarrándolos con las manos” (pág. 19). La descripción está hecha incluso con mimo si se compara con lo que Yuna es capaz de hacer en esa, su tierna infancia, con su hermana: “Cuando llegaban las horas de las comidas, yo tenía que darle la comida a mi hermana y a propósito erraba el orificio y metía la cuchara en un ojo, en una oreja, en la nariz antes de llegar a la bocaza. Ah..ah…ah…gemía la sucia infeliz” (pág.14).

Su madre, abandonada por su marido, tiene dos hermanas, la odiosa y virginal tía Nené y la tía Ingrazia que, para incrementar la frecuencia de esta dotación genética ya de por sí bastante torcida, se había casado con un primo. Y de esta unión tan poco recomendable, nacen dos hijas, Corina que además de estúpida tiene seis dedos en cada pie, y Petra que es enana (pero de tonta no tiene un pelo). Ese es el bagaje genético que manejan. Pero además y por si fuera poco, les suceden todo tipo de atrocidades ambientales: accidentes, violaciones de vecinos viejos, abortos que matan al niño y a la madre, pedófilos que actúan subrepticiamente hasta que el embarazo los evidencia, asesinatos para vengar afrentas… En menos de 200 páginas hay 8 muertes y la mayoría no son naturales.

Con este panorama que nos presenta una particular Parada de los monstruos (Tod Browning, 1932) del campo argentino, el libro da un poco de miedo. De hecho, a veces el ambiente que transmite es tan asfixiante que recuerda (multiplicándolo por mil) al creado por Carmen Laforet en el piso de la calle Aribau por lo angustioso, violento y sórdido.

Y sin embargo, la autora consigue hacer que todo este catálogo de oprobios se digiera ligeramente e que incluso se disfrute. Una de las luces de esta novela tan oscura es el progreso de Yuna, que pasa de ser una observadora que sobrevive como puede dentro de su familia, a convertirse en responsable de su destino. Gracias al profesor Jose Camaleón, Yuna descubre su talento para la pintura. Este personaje viste fielmente su apellido. Al principio parece que va a ser un aliado de la protagonista, de la familia y del lector (que desde la primera página empieza a necesitar un respiro), pero a última hora nos traiciona a todos convirtiéndose en una de las mayores decepciones (que no la mayor, aún hay más). Pero hay que reconocerle que es el promotor de la Yuna-artista. La narradora, bella como una “chica modelo de Modigliani”, es capaz de dejar atrás sus defectos en el lenguaje con perseverancia. Tras años de uso, cada vez necesita menos el diccionario; su redacción se hace más fluida y necesita menos “descansos”. Pero además es capaz de domar su talento para la pintura y convertirse en artista reconocida y en profesora de Arte, es decir, ha sido capaz de sortear lo que prometía esta infancia y llegar a un nuevo punto de partida, con equipaje sí, pero con mejores perspectivas. La Yuna que va desarrollándose a lo largo de la novela augura un mejor horizonte. No se convierte solo en una espectadora lúcida de esa vida tan atroz. Participa, se escapa y se prepara para lo siguiente, sea lo que sea lo que venga. Que difícilmente puede ser peor que lo ya pasado. Lo que no consigue en ningún momento es enamorarse o sentir intensamente (la autora diseña a su personaje a su imagen y semejanza).

Otra de las razones por las que el libro no resulta tan espantoso como podría parecer con estos contenidos, es que la narradora es capaz de mirarlo todo con cierta distancia e incluso con humor (negro no, negrísimo). Yuna –¿Aurora?– no reflexiona o rabia o pena por su dramática historia, sino que la asume con naturalidad y la cuenta con sencillez, como si simplemente se tratase de un familia como cualquier otra con sus peculiaridades. Parece como si esta familia y sus impactos externos no fueran suficiente para amargarle el día. Por lo menos hasta el final del libro. Con la última ingratitud, se ve que tanta infamia acaba haciendo mella y vemos por primera vez en la novela la tristeza de Yuna.

Un libro sorprendente, muy particular y maravilloso. Un ejemplar claramente necesario en una “ciudad sitiada”, como nos propone la elegante Editorial Caballo de Troya.

Las primas
Aurora Venturini
Caballo de Troya, 2007
Nada (Premio Nadal 1944)
Carmen Laforet
Destino Libro, 1992

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